18 ago. 2014

El proceso creativo

El otro día charlaba con una amiga, también artista, sobre el proceso creativo. Ahora que lo pienso, aquí me vendría muy bien un verbo como el diskutieren alemán, un "falso amigo" que no significa exactamente discutir en español (ese discutir que tiene una cierta carga negativa) y que puntualizaría mucho mejor la acción que llevábamos a cabo. Bueno, rollos idiomáticos aparte. Yo argüía que para comenzar a crear algo había que saber de antemano qué es lo que quieres contar. Ella disentía y defendía que eso no era lo importante, que lo suyo era crear sin cesar, aunque fuera mierda (palabras textuales) y que de ahí saldría algo interesante tarde o temprano. La conversación quedó en tablas porque tanto ella como yo, una vez escuchadas nuestras valoraciones, seguimos pensando en lo mismo. Vamos, que no nos convencimos. Al menos no inmediatamente, porque yo, tras unos días de deliberación y con un pequeño estancamiento creativo a mis espaldas, creí dar con la clave de lo que ella me quería transmitir y fue así que consideré la opción de empezar a dejar de autocensurarme. Ahí estaba el meollo de la cuestión. 

Era tan lejana esa sensación de "estar inspirada" y me obsesionaba tanto con ello que no me daba cuenta de que así espantaba cada vez más a mis musas. Ofuscada con todo lo que a duras penas iba creando porque no me gustaba o no dejaba claro esto o aquello... no estaba bien, no estaba perfecto, no me definía, no era valioso, no era exactamente lo que quería decir, era muy vulgar, ya lo han hecho antes, etc., etc. Pensamientos recurrentes cuando nos transformamos en nuestros peores enemigos hasta conseguir "taponar" la salida de ideas cesando en el intento de crear por el abotargamiento alcanzado.

Las nueve musas canónicas: (de izquierda a derecha) Clío, Talía, Erato, Euterpe, Polimnia, Calíope, Terpsícore, Urania y Melpómene. Fuente: Wikipedia

Ya se sabe lo que dijo el gran Pablo Picasso:

"Cuando llegue la inspiración, que me encuentre trabajando"

Pero las musas y la inspiración de poco van a servir si se detiene el trabajo a cada instante, si ese proceso artístico va a trompicones por estar analizando y revisando a cada rato con ojos críticos lo producido.

En un taller de escritura que hice hace un par de años en el Kleiner Salon (Berlin) nos alentaron a escribir sin censura, es decir, sin caer en la tentación de ir hacia atrás y releer lo escrito unos segundos antes para corregirlo. Empezar y terminar un texto en un tiempo concreto, todo un desafío cuando el censor interior acecha. Esto solo era un primer ejercicio para dar rienda suelta a la pluma y a la imaginación y confieso que dio muy buenos resultados en todos los alumnos que allí estábamos. El esquema que nos enseñaron se podría muy bien aplicar al resto de disciplinas artísticas y si no recuerdo mal el proceso se podría resumir así:


En definitiva, en ese círculo hay que saltarse, siempre que sea posible, al "censor". De otro modo esa rueda no girará y el proceso se estancará una y otra vez. Pasado ese trago, una vez sacada esa piedra del zapato, hará su aparición la figura del crítico. Éste solo llegará una vez hecho algo (que no concluido), algo que poder criticar ¡claro! Será implacable y decidirá si esa creación vale o no la pena, si merece o no ser mostrada. Y finalmente el corrector será el que se encargue de la tarea de rematar el trabajo, dando las pinceladas y retoques necesarios para concluir el trabajo. 

Por tanto, mis queridos y queridas artistas, dejen que el duende creativo que llevan dentro se salte la censura dando rienda suelta a su infinita y valiosa imaginación. ¡Y compartan sus creaciones con el mundo! ¡Adelante! 

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