14 mar. 2014

Diez Años

Este 2014 se cumplen mis diez años sobre el escenario. Prácticamente los mismos que tienen mis amados zapatos rojos, los cuales, aunque cada vez menos porque están algo viejetes, me acompañan en mis bolos. Pese a su patente desgaste siguen aguantando como jabatos mis torpes taconeos, las idas y venidas con más o menos gracejo sobre las tablas y las desagradecidas aceras de esta ciudad que han hecho cambiarle las tapillas más de tres veces en un solo año. Junto al contrabajista de mi amor, mis zapatos rojos han sido los más fieles compañeros en esta preciosa aventura de cantar en directo.

Ellos han sido testigos de mis desgañitadas notas rockeras, de mi pequeño affair con el Pop, de mis estridentes movimientos de cadera con el Funky, de mis torpes intentos con la improvisación de Jazz, de una lista interminable de Standards repetidos incansablemente, de sesiones cabareteras con nocturnidad y alevosía, de tener que enfundar a alter egos cuando menos curiosos... han sido testigos hasta de un tímido acercamiento al Flamenco. Incluso se han visto rodeados por los veintitantos músicos de una Big Band en más de una ocasión. 

O sea, que su bagaje tienen. 

Su color deja claro que lo suyo no es la timidez y que no están hechos para pasar desapercibidos. Su altura da cuenta de lo que adoran intentar rozar las nubes y soñar en el intento. Su comodidad (pues si, son cómodos) delata lo sumamente a gusto que están ejerciendo su papel durante el tiempo que haga falta. Y, ¿qué decir de su forma? Es, sencillamente, provocadora. 

Por todo esto, ellos os pueden contar mejor que yo lo maravillosa que ha sido esta última década de mi vida. Atentos a la última palabra: VIDA, porque es la que mejor resume todo este tiempo. Si algo me ha dado el escenario ha sido eso, vida.

Algunos ya saben que yo empecé a estudiar música desde muy pequeñita. Lo que no saben tantos es que cuando llegó la etapa de la maldita selectividad me rajé y dejé el conservatorio de música, que tantos buenos ratos me había dado. Si bien continué tonteando con una vieja guitarra que pinté de flores con laca de uñas, sacando versiones de grupos que me gustaban, cantando con amigas del instituto e incluso componiendo temas propios muy moñas, mis años lejos de la música fueron los más tristes de mi vida. No soy una dramas, es la pura verdad. No fue hasta 2004, cuando conocí a mi compañero de periplo, que la música volvió a llamar a mi puerta. Aunque más bien fue al revés, más bien es que vi la oportunidad y me agarré a ella como un clavo ardiendo. Volví a la escuela de música a estudiar y, sobre todo, le eché morro y me ofrecí para colaborar en la banda en la que él tocaba.

Pero lo que hoy quería comentar en realidad era que, haciendo un ejercicio de memoria el otro día, recordé qué era exactamente lo que hacía que se me fuera el santo al cielo de pequeña. Esto era... que mi padre pusiera a grabar el tocadiscos, enchufara el micrófono, me lo colocara en la mano y me dejara sola. Tengo cintas y cintas donde diserto de todo lo que a una niña pequeña le podía preocupar: el cole, la bici, las lentejas, etc. Y, por supuesto, contiene un compendio de hits de la época como "Veo, veo" y "Tengo una muñeca vestida de azul". Y así non stop. Pesada, pesada. Y repetida. Pero adorable.

Es decir, estaba todo muy clarito. No sé a qué leches me tuve que perder por el medio del camino cuando saltaba a la vista que con un micro en la mano no me quedaba sin ideas y estaba en mi salsa. El caso es que, con algún que otro pequeño desvío, aquí estoy al fin, sobre el escenario, el lugar donde tengo que estar. Desde hace diez años. Con mis zapatos rojos puestos. Preparada para darlo todo. 


Y por ello ¡doy gracias infinitas!






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