27 feb. 2014

Ich denke darüber nach

Una mañana más llego a la estación de la naturaleza muerta, donde hoy un orate habla solo y ni el último rugir de la serpiente amarilla, que se adentra en el pantanoso subsuelo de esta ciudad, enmascara su voz, más al contrario le hace elevar el volumen para que ninguno de los presentes pierda el hilo de su discurso, instándonos así a encontrar en éste la coherencia que al señor parece faltarle. “Bitte, denken Sie darüber nach”- acaba diciendo con pesar. Pero yo, por mucho que él grite desesperado, no he logrado distinguir más que un par de palabras del mensaje sobre el que debería reflexionar.

Subo las escaleras con pesadez, abandonando el frío y húmedo túnel de imágenes de esperpento. Un céntimo reluciente se queda en el escalón por más que yo crea que guardándolo en mi bolsillo cambiaría mi suerte. Hoy no lo recojo. Su artificial brillo contrasta con la terrible opacidad que reina en la superficie. Sobre mi cabeza reposa ya la pesadez de esta gran nube que acompaña al interminable invierno. No hay una sola grieta en el implacable gris de esta bóveda que vaticine la aparición de un tímido rayo de sol.

Una vez arriba, mi abrigo rojo se despega inmediatamente de mi cuerpo para jugar a ser una gran gota de sangre que nunca ha de caer pero que siempre amenaza con dejar un gran rastro escarlata en el blanco manto de nieve. Una brocha gigante que quiere pintar el pacífico suelo. En la ciudad del graffiti solo me queda por ver una obra sobre el asfalto. Decidido. Mi abrigo y yo vamos a dibujar hoy una gran sonrisa bajo nuestros pies.

Inmediatamente la piel de mi cara se vuelve escarcha. Es la única parte de mi cuerpo que muestro al mundo sin pudor aunque hoy, si pudiera, también la ocultaría. En este preciso instante, a breves minutos de abandonar el calor humano del metro para encarar la nueva jornada, viene a mi cabeza aquella canción… ¿cómo decía al final? ¡Ah, si! “tengo frío por los ojos”. Escuchar algo así a más de veinte grados a la orilla del mar resulta muy cómico. Pero en este preciso instante, en el que a poco que mis lágrimas se separen del calor que emite mi cuerpo se cristalicen y pinchen, tener frío por los ojos es un drama.
Y ahora, ¿por qué siento frío también en las pantorrillas? ¡Abrigo! ¡Vuelve a mis tobillos! ¡Vuelve ahora mismo! ¡Protégeme! Deja ya tu burlón juego de dragón cobarde que en lugar de escupir fuego saca una gran lengua.


Camino. Observo. Me ausento mentalmente. Vuelvo. Y en mi caminar constato como esta metrópolis se ha convertido hoy en día un mar de grúas. Apuesto a que tantas calles cortadas la hacen parecer, a vista de pájaro, una gran maraña de nudos imposibles. Cada día me encuentro con que tengo que cambiar mi ruta. Mi ruta y mi rutina. Por fortuna, soy una persona a la que le gusta improvisar. Quizás por eso siento que encajo tan bien en esta ciudad, porque cada día es una nueva aventura, un nuevo reto. A veces solo se trata de una nueva palabra aprendida. Pero esa pizca de “no saber” adereza mis días y hace que nunca me aburra.

Sigo caminando, mi mente juega a irse lejos y a volver con rapidez en cuanto aparece el hombre verde del semáforo. Nada más cruzar está ya frente a mi el gran edificio donde vengo a pasar mis mañanas y a las puertas de éste paro, como cada día, un instante. Lío un cigarrillo con parsimonia mientras observo a un hombre mayor que se detiene a observar la obra de la Chausserstraße. Se apoya algo fatigado sobre la barandilla de seguridad. Mira a los obreros afanados en su tarea. Éstos ni se inmutan. Están dispuestos de una manera muy concreta, premeditada. Cada uno está donde debe estar. Así colocados parecen una suerte de juego de bolos. Claro que nadie lanza bola alguna que haga un strike. Ahora que me doy cuenta, se han arremolinado algunos hombres más en torno al “juego”. ¿Qué les provocará esa curiosidad? Más bien, ¿qué les provoca ver este acontecimiento? Si es que se le puede otorgar esa categoría…
Alguno hay que hasta hace fotos. Las va revisando inmediatamente en la pantalla. Cara de satisfacción. Le deben haber quedado bien, con un buen encuadre.
Estos obreros deben estar acostumbrados a los curiosos, a ser los protagonistas de la calle porque, como digo, ni se inmutan. Y se ve que apuran su personaje porque pronto desaparecerán de este escenario. Ya están colocando los raíles del tranvía. Parece que por fin acabará esta dichosa obra y estos actores tendrán que buscar otro proscenio donde lucirse.


Llega el momento de encerrarme a estudiar. La ciudad sigue rugiendo ahí fuera, la veo por la gran cristalera, siento su pulso, un pulso que acompasa ya mis notas. Sentada ante un viejo piano de cola empiezan a volar las horas sin darme cuenta. Canto, bailo, juego… si desde la calle alguien se divierte con mis extraños rituales no soy consciente. Rara vez me paro a comprobar si hay algún cotilla. Yo, por el contrario, si cotilleo mucho lo que ocurre ahí fuera durante mis pausas. Me recreo en la visión de los ciclistas, el pasar regular del autobús 245, las filas de niños y niñas con sus chalecos fosforitos custodiados adelante y atrás por sus maestros, la ornamentada fachada del implacable Naturkundenmuseum. Al poco rato vuelvo a mi mundo y el exterior “se apaga”. Solo soy consciente de lo tarde que se ha hecho cuando me asalta un hambre atroz. Se acabó por hoy mi jornada de estudio.

Tengo que comprar pan antes de que se me olvide. “Drei Schrippen, bitte”. No cedo a la tentación de ese pastel. Ya sé que aún me queda mucho día por delante, pero esa leyenda de que con el frío se queman más calorías ya no me convence. Bastante he tenido que cambiar ya la dieta, bastante he dañado mi metabolismo prescindiendo del rico pescado fresco, entre otras muchas cosas. Que digo yo ¡tan lejos no está el mar del Norte! ¿No?
La tendera se impacienta. ¿Por qué? Si todavía no es la hora de cierre y nada indica que sea su cambio de turno ¿Seré yo? ¿O es que se hará pipí? A veces pienso que se mosquean cuando me deleito demasiado tiempo frente al mostrador de pasteles para luego al final comprar solo un par de panecillos de los más baratos. ¡¿Pero qué prisa hay?! Venga, te pago que me voy. "Schönen Tag"- te dicen como norma cuando en realidad por el tono yo lo traduciría a veces más bien como “¡Hala, con viento fresco!”. Estas normas de convivencia me parecen a veces de lo más artificiosas. Con lo liberador que sería decir a las claras ¡Hala, con viento fresco, so pobretona! Si supiera alemán se lo diría. Le diría "¡no me desee que tenga un buen día si en realidad le importa un pito! No tiene que ser hipócrita conmigo, ¡no es necesario!" Pero, ¿cómo diantres se dirá eso?

Todos mis amigos teutones saben hablar a la perfección mi lengua materna. Tiene guasa. Así no hay quien aprenda este endiablado idioma. Busca un tándem, mira la tele, lee- te dicen algunos quedándose tan panchos. Son como discos rayados. Todo el mundo sabe mejor que tú lo que debes hacer.
Absorta en este recurrente pensamiento siento el viento de cara que proviene de la estación de metro. Eso indica que llega un tren, hay que darse prisa si no quieres esperar cuatro largos minutos más. Baja rápido y con cuidado los escalones cubiertos de nieve, atenta al pedazo de hielo traidor que está por venir, todo sin abusar de la resbalosa barandilla que perjudica más que ayuda. No nací para ser modelo de pasarela, esto está claro. Pero esta ciudad no favorece ni un ápice la poca feminidad que tengo. Parezco un pato, con lo mona que voy con mi abrigo rojo fuego. Medio ahogada y con poco gracejo me cuelo de chiripa en el vagón. La sobriedad me da la bienvenida.

Querido Berlín, yo te confieso, que me gustas gris y roñoso. El serio gesto de tus gentes a mi me hace a veces gracia. Ese eterno gesto de reproche. No hay sonrisa que deforme sus semblantes. Sus razones tendrán.
Aquí hasta te pueden recriminar (sin que te enteres) que no te sientes en el tren. Como hace ahora mismo una abuelita que tengo justo al frente. Murmura algo enfurruñada. El despistado receptor del mensaje es un señor mayor que ha entrado hace un instante desesperadamente rápido ayudado de su bastón. Parecía buscar un sitio con premura, casi me arrolla al entrar. Pero al final opta por quedarse de pie. Temo por su caída en cuanto la máquina de la primera sacudida de arranque. Está claro que no la va a resistir. ¡Vaya! Me equivocaba de pleno. Me río sola pensando en que de joven habrá practicado mucho surfing en el Spree y de ahí su destreza aún cuando está algo tocado y falto de reflejos.

Hoy la he vuelto a ver. A la mujer rubia, oronda, sonrosada, con sus redondos anteojos, su pañuelo en la cabeza atado con firmeza bajo la barbilla. Sus ropas suelen ser siempre de colores alegres. Llena el vagón con sus flores de plástico y una música salida de un rústico radiocasete. Se me antoja una campesina urbana, si es que esto tiene sentido.
El empeño con el que debe atar su pañuelo me deja siempre fascinada. Parece que su cara se asfixia, queriendo huir de tanto vigor. A veces los mofletes se ponen algo morados, pero creo que esto sucede en concreto cuando nadie le da nada. Me traspasa su pretendida alegría momentánea. Aquella que sabe gestionar muy bien para conquistar corazones como el mío. Yo dejo que algo tan inapreciable para la mayoría me cambie por unos segundos el estado de ánimo. De hecho, dada la ignorancia del resto de pasajeros, me veo en la obligación de darle todo lo que los demás no están dispuestos a otorgarle. Unas monedas… y una sonrisa. Se hace la magia. Estoy viendo a mi abuela sacar de su hatillo algo muy valioso que me quiere regalar. Su mirada cómplice, su familiar gesto de esconder en mi mano un precioso tesoro. Shhh, que esto quede entre tú y yo. Se desvanece entre las personas, bicis, carritos, bolsas… abro mi mano y veo sorprendida que se trata de una estampilla de una virgen. Su nombre no lo sé descifrar, viene en caracteres cirílicos. A saber… yo nunca tuve algo así, pero esta vez sin saber muy bien porqué, afectada por el detalle, hago una excepción y la meto en mi monedero.

Y ahí sigue desde entonces, mucho más duradera en su interior que aquel céntimo abandonado en el escalón, de haberlo cogido. Y aquí sigo yo, en Berlín. Una estancia más duradera de lo que jamás hubiera imaginado cuando me subía a aquel avión envuelta en un mar de lágrimas. Sumida en un profundo dolor y ¿con qué me encuentro a punto de embarcar? Con una azafata que me recrimina llegar tarde. Me grita pero yo no la oigo. No sé qué dice pero sé por su semblante que me está poniendo de vuelta y media. La muy imbécil. No sabía que me acababa de despedir de mis seres queridos. No sabía que no había vuelta atrás. No sabía que me daba miedo volar y salir de las faldas de mi madre. No sabía nada, la muy imbécil. “Nächste Station: Neukölln. Übergang zur S-Bahn Linie 42, 41… “. Casi me salto la parada sumida en este triste e indignante recuerdo. "¡Imbécil!" Vuelvo a decir para mis adentros antes de bajar.
Rápidamente me asalta la duda. ¿Lo habré dicho en alto? Miro las caras que hay a mi alrededor. Todos están impacientes, todos quieren subir, se apretujan, nadie me mira, nadie se ha dado por aludido. Lo cierto es que daría igual que lo hubiera dicho a voces. La muchedumbre quiere entrar, toda ella a la vez dentro del vagón. Otra loca más que habla sola no es motivo para despistarse en la carrera al hueco libre, al asa a una altura razonable, a la esquina que se forma entre la cristalera de los asientos y la pared contigua a la puerta del vagón. Estos son siempre los lugares más solicitados. A mi me duele cuando me quitan esa esquinilla.

2 comentarios:

El Santa dijo...

Sehr geehrte Frau Cantante

Sie sprechen sehr vielen Stadtfremden aus der Seele. Mit einem einfachen "Gefällt mir" darf Ihr Text nicht unter Wert kommentiert werden. Erstaunlich wie Sie, trotz Ihrer fehlenden, täglichen Dosis 'SOL' dennoch so leidenschaftlich über Ihre Liebe + Antiliebe zu dieser Stadt schreiben. Bravo.

Ich wünsche Ihnen und allen, die unter demselben Phänomen leiden/leben, dass die Verantwortlichen Sie erhören und SONNE* IN BERLIN endlich zur Chefsache erklären.

*=Freundlichkeit, Lächeln, gute Laune, Vitamin D, Nachsicht, Ruhe, Lebensfreude uvm.

PLA dijo...

Lieber Santa,

das ist ja ein "Gefällt mir" :)

Heute ist sonnig... es gibt Hoffnung!