29 dic. 2013

La ronquera emocional

Intentar emitir un sonido, una nota y no poder. Reposar, hacer ejercicios de relajación, tomar infusiones con miel y seguir sin poder. Angustia, miedo.

Enmudecer...

Nada apunta a que sea algo fisiológico. No hay restos de un resfriado mal curado. No hace tanto frío ahí fuera. No he forzado la voz. ¿Qué me sucede? 

Decido frenar un poco el frenético ritmo que me impongo habitualmente. Empiezo a tomar conciencia de mi cuerpo, a escucharlo. Noto algo de opresión en el pecho. Algo se adhiere a mi garganta con fuerza, con rabia, casi me ahoga.

Intento visualizarlo. Le otorgo una forma, textura, color y olor concretos. Lo tomo en mi mano y lo miro de frente. "¿Qué eres?" - le pregunto. No hay respuesta. Pero conformo lo observo atentamente voy dándome cuenta de qué es. No es lo que dije, ni cómo lo dije. No. Ahora ya sé que es todo lo que NO dije.

Es lo que se ha ido agrupando y condensando en un extraño y amorfo ser que se ha hecho lo suficientemente grande como para, al fin, recordarme que no puedo seguir callando. De seguir haciéndolo terminará por asfixiarme. La cura es pues, irremediablemente, DECIR LO QUE QUIERO DECIR.

Gracias a ti, extraño ser, soy consciente ahora de que no tengo porqué callar más.

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El hecho de que una persona que "vive" de su voz sufra una dolencia de este tipo, dolencia que a cada uno le sobreviene por un motivo diferente, provoca un estrés que se puede mezclar, y por ende hacernos empeorar, con el sentimiento de culpa. "¿Qué hice mal?" "¿Qué falló en mi técnica?" "¿Qué límites traspasé?" Pueden ser las primeras preguntas que vengan a la mente en tal circunstancia.

Una vez eliminados los factores externos y/o fisiológicos como causa de la ronquera y no habiendo hallado la respuesta ni el motivo en ellos, toca pues profundizar en la psique. Ahondar en nuestra mente e intentar encontrar la verdadera fuente del bloqueo. Nos sorprenderíamos de cuántas creencias y pensamientos ocultos o semiocultos condicionan nuestros actos y, como no, nuestro canto.

Puede que sea tan solo una creencia que se quedó estancada a saber cuánto tiempo y se asentó en nosotros modificando nuestra forma de actuar, de comportarnos frente a las diversas situaciones comunes de escenario, de ensayo o de estudio. Pero lo más importante, puede ser una creencia que ha alterado insidiosamente nuestra visión de nosotros mismos. No es que modifique literalmente nuestra garganta, ni las vías respiratorias, ni los músculos que intervienen en la fonación. Lo que realmente sucede es que condiciona el uso que hacemos de todo ello de modo que la postura, la forma de respirar y la forma de cantar se alejan de lo que somos. Y un día el cuerpo dice BASTA.

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Albert Ellis afirmaba que las creencias influian de forma considerable en las emociones y en la conducta. En esta línea, una creencia errónea de uno mismo nos puede llevar a sentir y a actuar de una manera que nos influya negativamente a nivel emocional.

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