29 jun. 2012

Berliner Philharmoniker - Sinestesia


Hace casi ya una semana que tuve la suerte de poder ir a la Filarmónica de Berlin pero aún están muy vívidas todas las emociones que sentí. Mi reto hoy: transmitirlas.

Cuando oí por primera vez hablar de la sinestesia (hace unos años estudiando la carrera) ya afluyeron a mi mente vagos recuerdos de momentos en los que la había experimentado. Pero se antojaban demasiado lejanos como para recuperar esas sensaciones. Quería ahondar en la memoria, me esforzaba por volver a tener tan cálidas emociones. Desistí. Mis esfuerzos no dieron sus frutos. Y los ejemplos didácticos del profesor no me valían, no eran lo suficientemente intensos. 

Yo quería volver a sentir aquello que una vez me erizó la piel, me hizo reír y llorar a un tiempo, me hizo volar a lo más alto del cielo y caer desplomándome para quedar flotando a ras del suelo. Yo necesitaba volver a tener el nudo en la garganta, dar vueltas sobre mí misma a gran velocidad bajo una amenazadora tormenta, sumergirme en las profundidades marinas y salir de nuevo despedida para caer en un prado verde donde tumbada me acariciaba un dulce rayo de sol en la cara. Danzar bajo la lluvia, sentirme de nuevo tan ingenua como cuando era niña. Mirar las cosas como si hubiera abierto los ojos por primera vez y sorprenderme por las cosas más pequeñas. Revivir la primera vez que conseguí darle a los pedales y mantener el equilibrio sin las pequeñas ruedas traseras de la bici y sin la ayuda de mi paciente papá. Dejar que el viento, revolviendo caprichoso mi pelo, volviera a levantarme del suelo como si fuera una simple hoja y mecerme hasta posarme al lado de un riachuelo de aguas cristalinas. Helado de yogur derritiéndose en mi paladar. Pisar la nieve, escuchar su crujir. El silencio pacificador. Los pies descalzos hundidos en la arena a la orilla del mar. El sonido del romper de las olas. Ver llover desde mi ventana. Un beso amoroso en la mejilla. Mi mamá. La puesta de sol. Una gran luna anaranjada a ras del horizonte. La noche. Las Pléyades. Y de nuevo la fuerza del amanecer. Bailar estirando y balanceando los brazos sintiendo que a cada paso vas creciendo y creciendo hasta llegar a ser un gigante que al saltar hace retumbar los edificios de la gran ciudad. Y como Alicia tomar una pócima que te hace ser pequeñito y así poder subir a lomos de un halcón... y emprender el vuelo esta vez para viajar hacia "el país de Nunca Jamás". 



Todo esto tardó un tiempo en volver a mí, pero volvió. Mereció la pena esperar. Pues así me sentí hace unos días cuando fui a la Filarmónica de Berlín. Ya entrar es una experiencia sinestésica. Impera la calidez del ocre y su arquitectura interior te envuelve al momento. Sientes paz. Al ingresar a la sala descubres el laberinto formado por estructuras pentagonales organizadas como queriendo seguir la línea de la espiral de Fibonacci. La recepción para los asistentes es un breve recital de órgano. Los graves, los agudos... por las dendritas pasan señales eléctricas por doquier. Los cientos de lámparas colgadas a diferentes alturas emiten una suave luz que invita al adormecimiento. Llega la banda. Más de treinta jóvenes, todos nipones, todos vestidos de negro. Todos delgados. Todos con un brillante pelo negro azulado.  Todo fluye de forma orgánica pero son implacables en su ejecución. Todos sus movimientos están medidos o más bien meditados. Yo estoy a las espaldas de la banda. Veo su meticulosidad. La disfruto. Veo de frente al director. A mi también me dirige. Me dirige hacia todos esos mundos antes contados y tan anhelados. El movimiento de su batuta me hipnotiza. La música entra por todos los poros de mi piel y estalla en mi cerebro. Qué sublime. ¡Qué belleza! Qué experiencia y qué emoción. Qué suerte que haya vuelto a mi. 




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